Soy cosecha 1987.
Como los buenos vinos, el tiempo me ha enseñado a madurar criterio, afinar intuición y valorar los procesos. Soy esposo de Rebeca y papá de Ana Lucía y Renata. Mi familia es mi centro y mi referencia constante. Ellas me recuerdan todos los días la importancia de hacer las cosas con coherencia, carácter y propósito.
Confieso algo: antes no me gustaban los gatos… hoy tengo tres en casa. Supongo que la vida también se trata de aprender a abrir espacio a lo inesperado. Soy el mayor de tres hermanos y el primer nieto por parte de mi mamá. En México —y en muchas partes del mundo— eso inevitablemente me dio el carácter del más consentido… pero también el sentido de responsabilidad.


Crecí en la colindancia del centro histórico de Mérida, muy cerca de donde cayó el avión de Pedro Infante —un ícono cultural para México, lo que Elvis Presley fue para Estados Unidos. Crecer ahí fue crecer entre historia viva. Las calles tenían identidad. Las fachadas tenían carácter. Las casas no eran solo construcciones: eran relatos. Soy una mezcla profundamente arraigada a esta tierra: raíces mayas por ambas partes de mi familia y un bisabuelo italiano que llegó a México y regresó a su país. Historia que vino y se fue, y raíces que permanecieron. Soy profundamente yucateco. En casa siempre estuve rodeado de trazos mayas, libros de historia y referencias culturales que servían de inspiración para que mi papá pudiera convertirlos en piezas de arte. Él es artesano desde hace más de 40 años. Aprendió de manera empírica, perfeccionando su técnica con disciplina y práctica constante. Lo vi transformar símbolos en materia, convertir historia en obra tangible y simplificar procesos hasta hacer que lo complejo pareciera natural.


El negocio familiar de artesanías sigue en marcha. Pero la creatividad evolucionó. Hoy mi papá no solo crea arte; también construye casas y edificios con carácter. La misma esencia, ahora en otra escala. Tuve la fortuna de crecer viendo cómo el esfuerzo de mis padres rendía frutos. Vi cómo cada año se superaban, cómo trabajaban sin descanso y cómo poco a poco las cosas iban mejorando. Eso me enseñó algo que no se aprende en libros: a valorar el trabajo, a respetarlo y a entender que el crecimiento verdadero es consecuencia de la constancia. Mi camino sigue cerca de la familia, aunque esté formando la mía propia. Hay algo poderoso en honrar el origen mientras construyes tu propia historia.


Desde niño escuchaba a mi papá hablar de las haciendas y de su importancia en nuestra cultura y en nuestra historia. No eran solo edificios; eran capítulos vivos del pasado. Mi familia fue dueña de una hacienda donde se celebraban bodas todos los fines de semana. Crecí entendiendo que esos muros no sólo sostenían techos, sostenían momentos que cambiarían vidas. Hoy, esta profesión me permite seguir cerca de ellas. Caminar sus corredores. Entender su arquitectura. Sentir su esencia. Siempre estuve vinculado al servicio y al trato directo con las personas. Me gusta escuchar. Entender. Conectar más allá de lo evidente. Una situación en mi vida me llevó a conocer el mundo inmobiliario no solo como una actividad, sino como una carrera. Descubrí que era un universo profundamente interdisciplinario: estrategia, números, leyes, visión, negociación, sensibilidad y estructura. Y me atrapó. Soy mercadólogo de formación. Me apasionan los números, comprender cómo funcionan los sistemas y analizar escenarios. Respeto las reglas, pero disfruto entender el juego completo. Cuando algo parece complejo, lo veo como un acertijo que puede resolverse desde una perspectiva distinta.


En este camino encontré el punto donde todo converge: La tierra donde nací.
La historia que respiré desde niño.
Los símbolos mayas que veía dibujarse sobre papel.
La arquitectura que me rodeó.
La creatividad que evolucionó del arte a la construcción.
La estructura estratégica que me apasiona.
Y el servicio que siempre ha sido parte de mí. Las haciendas, como las casas del centro, guardan memoria.
Son escenarios donde comienzan historias.
Donde la arquitectura abraza momentos que se vuelven eternos. Las casas del centro no son estructuras.
Son memoria. Los pisos de pasta cuentan épocas.
Las rejas de hierro guardan silencios.
Las puertas de madera maciza han visto generaciones entrar y salir.
Los techos altos respiran el mismo aire desde hace décadas.


Crecí entre todo eso. Por eso cuando camino una propiedad no veo medidas.
Veo carácter. Veo intención. Veo historia. Soy ese amigo al que le preguntan dónde comer, qué rincón descubrir, qué lugar vale la pena conocer. Cuando viajo, admiro otras culturas, pero siempre confirmo algo: Mérida tiene algo que me atrapó desde que nací. El calor. La cercanía al mar. La forma en que la vida sucede aquí. Mi forma de trabajar no es acelerada. Es consciente.
No es superficial. Es detallista.
No es transaccional. Es humana. Porque cuando uno entiende la tierra, entiende también a las personas.
Y cuando entiende la historia, sabe cómo acompañar nuevas historias sin borrar su esencia. Será un gusto poder compartir contigo mi esencia, la memoria de estos muros y el calor de mi tierra.